DESPUÉS DEL SALTO
Texto de Manu O.
Una piscina es una superficie de control: un rectángulo limpio donde nada debería salirse de lugar. El cuerpo entra, flota, se ordena. Todo parece visible. Pero esa claridad es engañosa. El agua también separa. Distorsiona. Expone la distancia entre quienes miran y quienes son mirados. David Hockney entendió esa tensión y la convirtió en imagen.
En Retrato de un artista (Piscina con dos figuras) no hay acción ni desenlace. No hay salto. Hay espera. Un hombre vestido, erguido, completamente seco, observa. Otro cuerpo permanece bajo el agua, suspendido, vulnerable, casi irreconocible. No se miran. No se tocan. No se alcanzan. La piscina no funciona como espacio compartido, sino como frontera.
David Hockney, A Bigger Splash, 1967
En la obra de Hockney, la piscina no es solo un motivo recurrente: es un dispositivo. Un lugar donde la intimidad parece posible pero nunca se concreta. El agua actúa como filtro visual y emocional. Lo que está dentro se deforma. Lo que permanece fuera conserva el control. El observador sigue intacto. El cuerpo sumergido, en cambio, pierde definición.
No es una escena íntima. Es una escena de distancia cuidadosamente compuesta. Décadas más tarde, esta misma imagen reaparece en un registro distinto pero igual de brutal: BoJack Horseman. En la serie, BoJack encarga una pintura donde se representa a sí mismo de pie, al borde de una piscina, mientras otro BoJack flota en el agua. La referencia no es decorativa. Es confesional.
BoJack Horseman, Netflix
BoJack existe escindido: sujeto y espectador, conciencia y cuerpo, éxito público y ruina privada. Se observa constantemente. Se reconoce. Pero rara vez entra en la escena. Aquí la piscina deja de ser símbolo de lujo y se convierte en diagnóstico. Mirarse no salva. Comprenderse no basta. La autoconciencia no es redención.
Como en Hockney, el problema no es el agua, sino el borde. El borde como lugar seguro. Como posición cómoda. Como excusa para no mojarse. BoJack no cae. No se lanza. No se hunde. Se queda mirando.
Hockney no pintó una historia. Pintó un estado mental. El de quien desea sin tocar. El de quien observa su propia vida como si perteneciera a otro. La piscina deja entonces de ser escenario y se vuelve símbolo: no de placer, sino de distancia emocional disfrazada de calma.
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