Yui Sakamoto y la pintura como acto de fe
Texto de Emma A.
No hay prisa. No hay gesto espectacular. No hay ironía. Hay una figura quieta, frontal, suspendida en un tiempo que no avanza. Sostiene algo —un animal, un objeto, un mundo— pero no lo ofrece. Lo protege.
La pintura no quiere ser mirada. Quiere ser respetada. Aquí no existe el fondo. Todo es figura. Todo pesa.
Archivo visual — Yui Sakamoto (@groovygnome)
Los cuerpos no actúan: ofician. Los animales no acompañan: vigilan. Los símbolos no decoran: exigen. Nada está ahí por accidente.
La imagen parece antigua, pero no pertenece al pasado. Parece sagrada, pero no responde a ninguna religión conocida. Es un sistema propio. Una mitología privada.
Japón y México no se mezclan. Se reconocen. La disciplina del trazo convive con la violencia del símbolo. El control absoluto convive con lo inexplicable. La calma convive con la amenaza.
Archivo visual — Yui Sakamoto (@groovygnome)
No hay surrealismo como evasión. Hay surrealismo como estado natural. La pintura no sueña. Recuerda algo que nunca vivimos.
Quien pinta no intenta decir nada nuevo. Intenta decir algo verdadero. Por eso rechaza el título de artista. Por eso insiste en llamarse pintor. Porque aquí no hay discurso, hay necesidad.
Algunas pinturas no quieren ser vistas. Quieren ser habitadas. Y cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado rápido, demasiado ligero, estas imágenes siguen ahí, firmes, densas, calladas. No avanzan. Permanecen.